¿Qvo vais periodismo de guerra?

“Hoy, los freelance, somos el conejo de Pascua o el Huevo de oro para el Estado Islámico”

En estos tiempos inciertos resulta obligado pensar acerca de la guerra y los reporteros de guerra. Debemos hacerlo porque estamos perdiendo la "guerra de los medios de comunicación" en el momento que perdemos a nuestros intrépidos camaradas en todos los frentes del mundo. Nunca mejor que ahora, ante el terror propagandista, se puede esgrimir la vieja máxima de que “no hay periodismo sin periodistas”

Ahora bien, es obligado abordar la cuestión, también, desde nuevos parámetros y sería deseable hacerlo de forma honesta y noble, preguntándonos, todos los reporteros gráficos y periodistas, y sobre todo los freelance, ¿por qué tenemos la necesidad de ir a la guerra?, y, ¿por qué lo hacemos muchas veces sin la más mínima protección, preparación o conocimiento?

Libia, Siria, Afganistán, Egipto, Ucrania…y un montón de peligrosos frentes en todo el mundo están siendo cubiertos, casi de forma exclusiva por freelance y “periodistas ciudadanos”, en su mayoría jóvenes, armados sólo con sus cámaras, unas pocas tarjetas de memoria, un ordenador personal y un montón de ingenio.

Todos nos hemos lanzado, en ocasiones, a una alocada cobertura con una cámara, un presupuesto muy ajustado y una "moleskine" con un puñado de contactos en medios de prensa o en agencias donde tratar de colocar nuestras historias. No tenemos más que nuestro entusiasmo y corremos en pos de la quimérica búsqueda de los nuevos tiempos felices del fotoperiodismo para nuestro trabajo y para nosotros mismos. Pero… ¿Qué es lo que estamos buscando realmente?

Aquí debemos detenernos y realizar una profunda introspección. Todos sabemos qué tipo de motivaciones nos han llevado a la primera línea. No hay fórmulas mágicas ni globales, pero todos tenemos un único deseo; un deseo del que nadie habla. Ponemos en riesgo nuestras vidas. Es nuestra regla y es nuestra responsabilidad, pero ahora, cuando estamos dolorosamente tocados por el cruel asesinato de Jim Foley, debemos pensar en todo lo que ponemos en riesgo en realidad, más allá incluso de nuestras vidas.

Como nuestro compañero Sebastian Junger dijo en la entrevista realizada por Ed Caesar, "… he visto llorar a mucha gente y he visto el impacto que mis actos provocan en todo el mundo, y me acabo de dar cuenta, en un nivel muy profundo, que no querría ser nunca la causa de este tipo de sufrimientos entre las personas que amo. Tenemos que pensar más allá de nosotros …debemos tener en mente nuestro amor a las personas cuyas vidas ponemos en riesgo cuando estamos perdidos, secuestrados o simplemente asesinados lejos de casa”.

¿Por qué debemos ir a la guerra? Tal vez por ciertas necesidades muy arraigadas en el acerbo humano. Necesitamos emociones, necesitamos peligro, y sobre todo, necesitamos tener la certeza de que hay sitio en el mundo para nosotros a través de nuestras crónicas e imágenes. Queremos ver nuestros nombres impresos en el encabezamiento de un artículo o en los créditos de una gran fotografía, a ser posible en la portada de los principales diarios internacionales. Anhelamos hacer cosas con nuestra vida –saber en cierto modo que tenemos el control sobre ella (ignorantes de que jamás lo hemos perdido)-. También tenemos la necesidad de hablar del mundo, de este loco mundo donde estamos viviendo y en el que, a veces, la barrera que separa la vida de la muerte es muy tenue. Por último, queremos saber que estamos haciendo cosas para cambiar todo esto; queremos saber que nuestros esfuerzos valen para construir un mundo mejor. Pero nada de esto se sustrae, en cierto modo, al hedonismo o al orgullo. Hacemos fotos y escribimos textos para que los demás vean la “realidad” del mundo a través de nuestras imágenes o palabras. Pero… ¿qué es en realidad esa “realidad” o cómo es de real? Habría que reflexionar también sobre este concepto tan subjetivo. Sobre todo cuando falta tanta objetividad y prudencia. Pero por encima de todo, cuando falta tanta humildad.

“Si enviáramos al Infierno a todos los medios de comunicación que están a la caza de la “crónica” barata, puede ser que dejasen de improvisar y se viesen obligados a pagar el coste real de nuestras fotografías y de historias.”

Lo cierto es que la guerra ha cambiado. Tenemos en mente a Capa, Taro, Hemingway, McCullin y otros famosos periodistas y fotógrafos de guerra. Pero aquellas guerras de ayer no son ya nuestras guerras de hoy. No es que las reglas hayan cambiado. Es que ahora no existen reglas. Insurgentes, terroristas o Señores de la guerra están al mando de guerras sucias donde una tarjeta de prensa no es suficiente para salvar nuestras vidas. Como dijo Scott Anderson, tras la guerra de Bosnia, “…escribir con cinta adhesiva 'Prensa' o 'TV' en tu coche es ponerte en la mira del francotirador ". Hoy en día, colocar un distintivo de Prensa en el casco o sobre el chaleco anti-balas podría equivaler a una pena de muerte. El reportero de guerra ya no es un elemento emisor de información: es un enemigo más en esta guerra visceral, multipolar y asimétrica que no enfrenta Estados.

Un refugiado sirio observa la frontera tras la alambrada del paso de Jarabulus. (C) Czuko Williams 2012

Ahora mismo los freelancer son el conejo de Pascua o el huevo de oro para el Estado islámico, los separatistas pro-rusos, las milicias fascistas de Kiev o los locos terroristas de Boko Haram. Somos una montaña de oro para ellos. Esto es así debido a que muchos de estos freelancer carecen de un medio o una agencia que les represente, que mantenga su interés por ellos cuando están trabajando duro en el frente. Todos ellos quieren nuestras imágenes, buscan nuestra crónica y pagar un pequeño puñado de libras, dólares o euros por un gran trabajo bien hecho y regado, a veces, con nuestra propia sangre. Buscan sólo nuestro trabajo, pero no quieren ninguna relación más profunda con nosotros. No quieren saber nada de nosotros. No quieren problemas. Estamos completamente solos. No hay un teléfono al que llamar. Ninguna persona de contacto, sólo un mensaje de correo electrónico o una cuenta en el sitio web o una FTP a los que enviar nuestro trabajo. Y aún así, continuamos trabajando.

“Necesitamos saber quién está matando nuestro trabajo. ¿Los medios...o nosotros mismos siguiendo sueños sin sentido?. El mercado se rige por una sola regla: oferta y demanda y ya no tenemos el poder exclusivo de la oferta”

Estamos en riesgo, no hay duda, pero… ¿quién nos pone en riesgo? Tal vez tengamos que aceptar con humildad que nos ponemos en riesgo nosotros mismos porque tenemos “deseos”. Deseos de una guerra en la que podamos poner en acción todas nuestras capacidades. Una guerra que tenga interés informativo y desde la que tengamos oportunidad de brillar un poco más. Deseos de una cobertura que nos saque de ese frío anonimato taciturno del día a día. Buscamos un nuevo sentido para nuestra vida, aunque podamos perderla persiguiendo esa quimera.

No es un asunto fácil. No es agradable. Pero es una cuestión que debemos poner sobre la mesa. Debemos hacerlo, honestamente, porque estamos en riesgo de perder todo lo que tenemos. Debemos reclamar lo que vale nuestro trabajo aún por encima de nuestra fama. Si los mercados han decidido poner un ridículo precio a nuestras fotos o crónicas, quizás sea el momento de gritar: "adiós viejo" y salir a la búsqueda de un mercado mejor. No vale con no cubrir aquellos infiernos. Los monstruos de los Media siempre encontrarán algún incauto de cuyo trabajo nutrirse. Consiste en mantener una actitud no sólo reivindicativa, sino también combativa. Si enviáramos al Infierno a todos los medios de comunicación que están a la caza de la “crónica” barata, puede ser que dejasen de improvisar y se viesen obligados a pagar el coste real de nuestras fotografías y de historias. Saldríamos del drama de las 30 libras por foto y volveríamos a conseguir que, si desean nuestro trabajo, paguen por él y paguen también la factura de nuestra cobertura: viajes, hoteles y principalmente traductores, seguridad y seguros. Para conseguirlo, lamentablemente, debemos comprender que es necesario dejar de trabajar como lo estamos haciendo. Romper el círculo vicioso para abrir nuevas expectativas. También aceptar que las crónicas locales tienen tanto valor o más que nuestras exquisitas crónicas occidentales. Es el momento de ser honestos y esto incluye dejar de sentir vergüenza por buscar el éxito. Este es un trabajo más. Hay espacio para ser activista, pero seguramente no es este. Aquí estamos para contar la realidad desde la perspectiva más amplia y para hacerlo con la mínima seguridad posible.

El mercado funciona siguiendo una regla simple: oferta y demanda. Se trata de un loco mundo reacio a las transformaciones, pero tenemos la oportunidad de cambiarlo. Si hay demanda y se cubre con una oferta barata y un trabajo de alta calidad, pocos medios prestarán atención a las ofertas más caras o a aquellas que reclamen cierta seguridad mínima. Al final el precio se convierte en el único elemento de negociación y esto puede que no merme la calidad, pero sí la seguridad con la que llevamos a cabo nuestro trabajo. Tal vez debamos ser honestos y dejar de ir a buscar la fama escondidos detrás de pretextos de toda índole. Quizás debamos volver a usar el trampolín con red, aunque resulte menos “estético”. Las nuevas guerras han abandonado el espacio clausevitziano y ellos ha empeorado nuestra perspectiva del conflicto, la efectividad de nuestra cobertura y sobre todo ha comprometido de forma profunda nuestra seguridad. En este nuevo mundo asimétrico no hay espacio para el romanticismo. Los “amigos de Occidente” de hoy pueden volverse los crueles y despiadados ejecutores de mañana.

Como Sebastian Junger dijo, "…somos "plancton" en la cadena alimentaria de las noticias", pero es el momento de detenernos y pensar. Es el momento de ser realista y justo, porque con nuestra forma de actuar, estamos poniendo en riesgo a más personas. Ponemos en riesgo también a todos aquellos jóvenes que llegan a la primera línea de combate con una cámara y unos pocos billetes deseando encontrar su momento tomándonos a nosotros como modelo. La guerra no es un juego, por mucho que algunos frentes empiecen a parecer un circo. La gente necesita conocer y tiene el derecho a saber y nosotros, como periodistas, tenemos que trabajar duro para ofrecerles una visión lo más real y amplia posible. Pero para ello tenemos que trabajar seguros y no olvidar que alguien está esperándonos (no sólo esperando nuestro trabajo) muy lejos de la línea del frente.

A este respecto cabe recordar las palabras de Sebastian Junger después de que Tim Hetherington fuese alcanzado y muerto por la metralla en Misrata: "Esto va a sonar muy antiguo, pero siento que el trabajo del ser humano es el de proteger a la gente que ama. Arriesgar la vida no es un método de protección, sino que está exponiendo a la gente a la que ama a un peligro emocional. Y eso no es lo que el ser humano debería hacer. Hay un punto en que tenemos que empezar a poner a los demás en primer lugar, y hacer algo que podría sumirlos en el dolor toda su vidas no ponerlos en primer lugar. Parece que estás jugando con tu vida, pero en realidad juegas con sus vidas, emocionalmente hablando. Eso no es lo que el ser humano debería hacer, y es hora de empezar a actuar como un ser humano en ese sentido."

La guerra sigue siendo un lugar sucio, frío, triste y desolado en el que las grandes historias de compañerismo, de colaboración, de heroicidad, se desdibujan por el horror y el hedor de la muerte. La guerra puede ser un buen lugar para alcanzar la fama, quizás a costa de perder la calma, la fe en el ser humano, la razón…o simplemente la vida. ¿Merece acaso la pena este sacrificio?

(C) Czuko Williams. Not copy allowed. All Rights reserved.

Fuente principal del trabajo de Ed Caesar: “Shooting the messengers”, http://www.gq-magazine.co.uk/comment/articles/2013-07/09/war-reporting/viewall

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