Mi hijo no trabaja

“(Masterchef) Bajo el paraguas de la educación culinaria, pone a trabajar en los fogones, duramente y a veces hasta la frustración, a una decena de niños de edades comprendidas entre los 8 y los 13 años”

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Si cualquier fotoperiodista publicase hoy una imagen así se enfrentaría a críticas, censuras e incluso a alguna demanda

(C) TVE

Resulta curioso que ninguna de las oenegés dedicadas específicamente a la infancia se haya posicionado o haya iniciado aún una campaña pública contra el programa de “entretenimiento” infantil Masterchef en su edición Junior, tanto en Reino Unido como en Estados Unidos o España, los tres países en los que este programa está en parrilla.

No deja de sorprender que las mismas organizaciones que con tanto ahínco luchan, en aquellos países menos desarrollados o en vías de desarrollo, por erradicar el trabajo infantil, la esclavitud o el abuso de la infancia, miren hacia otro lado cuando en “su” terreno se les cuela un programa de tan dudosa y perniciosa influencia como este.

“(...) si en Malí o en Ruanda una cadena pública de televisión produjese y emitiese un programa de este estilo, Oenegés como UNICEF o Save de Children seguramente se les echarían encima y obligarían al cierre inmediato de la emisión”

¿Qué es Masterchef Junior?. Un producto televisivo basado en el trabajo de niños de entre 8 y 13 años, encaminado a conseguir audiencias elevadas que le permitan conquistar share (más de 4 millones de espectadores y un 21’7% de share en la Gala Final del 6 de Enero de 2014) Por lo tanto, que ese share no lo tengan otras cadenas. Porque el share es dinero, ingresos, beneficios, no lo olvidemos. Cierto es que, en el caso de España, TVE -Ente de carácter público-, no parece animada por un asunto publicitario. Digo no parece porque, aun dentro de lo estipulado por la Ley, Masterchef hace publicidad directa de los supermercados de El Corte Inglés. No de Mercadona, ni de Carrefour, ni de Alcampo, no, precisamente de El Corte Inglés, esa magnífica “tienda-financiera” perfectamente colocada en el top-one de las empresas afines al poder.

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En Occidente el trabajo infantil no es un trabajo. Es todo un juego. El dinero que genera el juego se paga en billetes del monopoli

(C) FOX

¿Qué hace Masterchef Junior? Bajo el paraguas de la educación culinaria, pone a trabajar en los fogones, duramente y a veces hasta la frustración, a una decena de niños de edades comprendidas entre los 8 y los 13 años. Niños que trabajan sus horas para que unos famosos chefs-presentadores relaman su ego y la productora (Shine Iberia, de Macarena Rey) y su plantilla cobren su nómina, generada por los beneficios proporcionados por las pequeñas manitas de los niños trabajadores

¿A cambio de qué? En principio de un premio de 12.000 euros para el ganador conseguido después de 1 mes de trabajo. No es mal sueldo (incluso para un niño). Los demás “concursantes/trabajadores”, aparte de algún que otro obsequio, tienen su cuota de pantalla que les permite optar a futuros contratos (laborales) de publicidad, cine o cualquier otro elemento afín…amparados siempre, cuando no animados, por el deleite de sus "padres-representantes".

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Algunos niños consiguen encadenar tras su paso por el programa, en su tierna infancia, trabajos jugosos que manejan, con deleite sus "padres-manager". Pero nada les roba la infancia. Porque ellos ya dejaron de ser niños para convertirse en adultos de 10 añitos.

“No importa que la familia en vez de un puzle o una muñeca le regalen al “niño cocinero” dos espumaderas, un delantal o un set de cocina a baja temperatura”

Si todo esto sucediese en África; si en Malí o en Ruanda una cadena pública de televisión produjese y emitiese un programa de este estilo, Oenegés como UNICEF o Save de Children seguramente se les echarían encima y obligarían al cierre inmediato de la emisión.

Pero si esa emisión se realiza en cualquier país democrático y avanzado de Occidente, o si el niño se llama Joselito, Marisol, Giorgio Cantarini, Linda Blair o Judy Garland, todo nos parece más correcto, más occidental, más cargado de valores. Más justificable, en definitiva.

No importa que los niños de Masterchef Junior lloren desconsolados por no haber podido terminar el plato encargado y realizado bajo una presión insoportable incluso para muchos adultos. No importa que se les cronometre para que realicen, a toda prisa, la compra en el supermercado “amigo” de El Corte Inglés. No importa que se cree un espacio de competencia y estrés insoportable para cualquier niño. No importa que sus padres les empujen a luchar más y más para alcanzar la fama que podría sacarlos a ellos del anonimato (caso similar al del propio “padre-manager” de Messi). No importa que los niños televidentes se echen a llorar al ver sufrir a sus “héroes” en su impotencia. No importa que los niños teleadictos tengan pesadillas o que aprendan que competir encarnizadamente es el único modo de alcanzar el objetivo. No importa que un niño que debería estar jugando en el parque o con sus amigos dedique su preciada infancia a empollar de golpe el recetario de Simone Ortega. No importa que la familia, en vez de un puzle o una muñeca, le regalen al “niño cocinero” (ese nuevo "pequeño ruiseñor" de las pantallas) dos espumaderas, un delantal o un set de cocina a baja temperatura. Nosotros cuidamos nuestra infancia. Vigilamos para que se conviertan en grandes chefs, no en vulgares patrones de barco, mineros o niños soldado. Porque nada de esto es comparable. En Occidente somos más sofisticados, más cultos, más mezquinos. Sabemos maquillarlo todo mejor.

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El propio programa emplea en su web oficial (y pública) textos poco recomendables para el apoyo a la infancia (C) TVE

No importa, porque para los Guardianes de la Ortodoxia de las oenegés occidentales nadie está robando la infancia a esos niños. Aunque la “Carta de los derechos del niño” no diga lo mismo. Porque esos niños no son niños, son adultos pequeños; son genios metidos en un matraz erlenmeyer y cocinados a fuego rápido, para obtener pingües beneficios para productoras como Shine Iberia o para sus mismos padres; no alcanzo a entender qué resulta más triste e irracional; qué es más pornográfico e insultante. Si el niño-adulto competidor o el adulto manipulador.

“Porque los niños de Occidente no trabajan. Excepto en el cine, la publicidad, la televisión, el teatro, y cada vez menos, el circo. Todos esos trabajos que no incomodan a la mente burguesa e hipócrita de nuestros almibarados países desarrollados e hiper-demócratas”

Lo que importa es que las lágrimas, la competición, la velocidad, el reto, suban el share y mantengan al programa en el Prime Time, en un horario que obliga además a los niños teleadictos a robar horas al sueño en ese juego alocado por ser mayores. El Corte Inglés, Bosch y TVE hacen caja con sus mensajes ocultos y su publicidad encubierta. No encontrará usted productos más frescos que en “nuestra tienda amiga”. Compre, consuma, luche, compita…pero compre, sobre todo compre. Mire qué bien trabajan nuestros niños-cocinero, miren con qué gracejo mueven sus manitas; mire usted qué bien se corta el dedito y cómo mana…tan rojita su sangre de niñito.

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Uno de los concursantes llora desconsolado después de quedar eliminado del concurso. Nada más edificante que un buen lloro a tiempo (que además dispara el "share")

(C) TVE

Y los niños lloran, y pelean, y se hacen jugarretas. Incluso, a veces, sale lo peor de ellos con algún giro sexista –de los que se desayunan aún en algunas casas los domingos-. No importa que la mayor parte de los niños sean blanquitos, que tengan una representación territorial muy justa. Nada de eso es publicidad, nada de eso está preparado y nada de todo eso es trabajo. Porque “nuestros” niños-cocineros no son esclavos de la televisión, no. “Nuestros” niños-cocineros se están formando; están adquiriendo una cultura culinaria y elevando sus valores de equipo y gusto por el trabajo. Están haciendo más grande a su país...y a Occidente. Aunque para ello tengan que hacer más grande también la bolsa ávida de tesoros de la productora o de El Corte Inglés. ya se encargarán ellas de "limpiar" su imagen y su conciencia con una buena "causa solidaria".

Porque los niños de Occidente no trabajan. Excepto en el cine, la televisión, la publicidad, el teatro, y cada vez menos, el circo. Todos esos trabajos que no incomodan a la mente burguesa e hipócrita de nuestros almibarados países desarrollados e hiper-demócratas. La infancia de Occidente no trabaja en la mina, que es oscura y peligrosa; ni en el vertedero, que es insalubre y sucio. No. Ellos trabajan de modelos, de cantantes o alineados en equipos profesionales de fútbol infantil. Porque esas profesiones libres, pero en el fondo profesiones, son menos malas que trabajar en el puerto como estibadores o fabricando camisetas o zapatillas o peor aún, como mendigos profesionales. Para eso ya tenemos los países subdesarrollados. A ellos les dejamos la parte fea -que también consumimos- y que además nos permite sentirnos perfectamente occidentales. Orgullosos de nuestras oenegés luchando por la justicia. Una justicia que empieza justa y curiosamente donde terminan nuestras fronteras.

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Niños-trabajadores producto de la Televisión posando "felices" y orgullosos en el photo-call publicitario durante una gala (que genera dinero del monopoli)

(C) TVE

Lo demás…no es trabajo. Es desarrollo, es aprendizaje, es diversión. Porque cómo se divierten estos niños trabajando. Es posible que uno de esos niños sueñe que su rival en Masterchef muere de golpe…para ganar él, o ella, el premio; pero eso es solo un sueño. No hay peligro…el mundo onírico es así. No es peligroso si es Occidental. Los malos sueños nunca se tienen en Occidente.

Y mientras tanto, algunas oenegés firman convenios con El Corte Inglés y Masterchef para que las multinacionales "compren" su silencio (y laven sus conciencias) por los 88.000 euros de una miserable cuestación cuyo trasfondo es el trabajo infantil. Pero eso no es estar en manos del poder; eso es cooperar, es hacer tratos con los grandes donantes cuyo único interés es luchar por la infancia. Lo malo es que, visto desde el exterior, se parece mucho a buscar dinero de nuestra esclavitud infantil para frenear la de los demás. La que tanto nos incomoda. La que no podemos controlar. Mis niños esclavos financian la lucha contra tus niños soldado. Qué lindo. Qué humano. Qué politicamente correcto.

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Representantes de una ONG recojen el pagaré de la cuestación patrocinada por El Corte Inglés y Masterchef Junior, ganada gracias al amable trabajo de sus "niños-cocinero"

(C) TVE

Hay que pasar por caja y para ello nada mejor que convertir las heces en oro y hacer que brillen; chaparla con el vil metal, perfumarla, edulcorarla y todo para que a través de la pantalla se pueda digerir sin pensar demasiado, sin degustar, sin percatarse de que bajo la capa dorada lo que hay es mierda; pero mierda Occidental, que sabe mejor, que huele mejor, que vende mejor que cualquier otra mierda.

“Compre. Compre. Consuma mis frescas hortalizas” “Consiga una estrella Michelin o sueñe con ella desde su más tierna infancia” “Aprenda a hacer platos sofisticados aunque tenga usted diez años”. Manitas pequeñas malas para limpiar los fogones en otros países pero buenas para saludar a los niños desde una Carroza llena de publicidad en la Cabalgata de los Reyes Magos en España. Compra. Consume. Desea. Pero sobre todo, no dejes de comprar.

Y venga cuchilladas. Pero los cortes en la tele duelen menos. Pero no, oiga, los niños no tienen que jugar en casa con la vitrocerámica. Pero sólo los suyos. Los nuestros pueden quemar la casa y todo habrá sido un mero accidente, una práctica; un escalón más para alcanzar el Parnaso culinario. No habrá irresponsabilidad. Nada habrá salido mal en nuestra hipócrita sociedad occidental. Porque los malos, ya lo sabemos hace siglos, son los demás.

¿Que estas oenegés hacen una labor imprescindible? No lo voy a poner yo en duda. Lo tengo claro. Lo he vivido en mis carnes y lo defiendo y lo defenderé a capa y espada ¿Qué son necesarias? Por supuesto que sí. Pero lo cortés jamás quita lo valiente. Al César lo que es del César. Porque un ángel tenga alas no podemos darle carta blanca sin auditar también su labor en el cielo. Y aquí, lo siento, nuestras magníficas oenegés pro-infancia, pecan de lo de siempre: de “occidento-centrismo”. Y así se adoquina la siempre incómoda calzada del neo-colonialismo. “Hermano. Haz lo que yo te digo, no lo que yo hago”.

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Nada mejor que los "niños-cocinero" para animar a que los papás de otros niños colaboren en causas solidarias, aunque para ello tengan que hacerlo trabajando

(C) TVE

¿Una taza más de moralina occidental Don José? Pero no aparte usted la mirada...que en verdad no son niños. Todo esto es una maqueta.

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