La muerte invisible

El pasado sábado, tras una semana de intenso frío, algo cambió en la acera de los números impares de la madrileña Gran Vía. El frío se alió con la neumonía y arrancó a Lourdes del lado de Juan Mascuñano, dos de los más egregios “sin hogar” de la capital.

Han sido catorce años de malvivir en las calles. Unos cuantos más de pelear con el frío, la droga y el alcohol. Una vida llevada a regañadientes con Dios o con el Diablo, ¿quién lo sabe?

Nos acostumbramos a verla, junto a Juan, cada día. Y mucho me temo que nos acostumbraremos también a no verla más. Vivió invisible y ha muerto invisible. A poca gente le preocupa que no esté, que no regrese ya de nuevo. Juan, en cambio, contiene con dificultad las lágrimas y la rabia cuando le pregunto una vez más, como tantas, por ella.

Esta conversación con Juan Mascuñano Torres ha sido más breve que otras que he mantenido con él durante estos últimos años. Más breve pero también más intensa.

Desprovisto, una vez más, por los servicios de limpieza de todos sus enseres, Juan encara el frío día de Diciembre en mangas de camisa. Le han rapado el pelo, a trasquilones, como si hubiese sido dejado en manos de un peluquero ciego. A él no le importa.

Un funcionario que trabaja en un Centro Oficial cercano le acaba de comprar un saco de dormir y sus compañeros han hecho una colecta para dotarle de algunos elementos que le permitan pasar una noche más bajo las estrellas. Juan, que nunca se arredró por el frío siente hoy el mordisco del invierno. “Es el corazón. Cuando el frío llega al corazón…te mueres”, señala.

Juan Mascuñano Torres sleeps over a Metro's grille in Gran Via Street, several days after Lourdes, his girlfrien, death (C) Czuko Williams 2013

“Pobrecita” señala mientras clava su mirada perdida en el lugar donde Lourdes dejaba sus “cachivaches”, unos metros más allá de donde nos encontramos. Se queda serio. Frunce el ceño y grita enloquecido: “La han matado. Estos hijos de puta la han matado…y ¿sabes? No le importa a nadie una puta mierda. Nadie va a hablar de ella”

Unas lágrimas surcan las mejillas sucias de Juan. Sus ojos se mueven locos en las cárcavas de su rostro. “La han matado. Hijos de puta. Se puso mala y nadie le hacía caso. La tuvieron tres días sin darle la metadona. Ella la necesitaba…y los retrovirales. Nada. La han matado porque molestábamos aquí”.

Juan está dando cuenta de un cubo de pollo frito. Al lado, un refresco Light reposa junto a un enorme esputo pulmonar. Juan perdió un pulmón tras una paliza y varios meses sin curarse. El descenso de las tasas de oxígeno en sangre empeoró la afección poliomielítica que sufrió de niño y por ello precisa una silla de ruedas para desplazarse. Juan sigue comiendo con esa vorágine incontrolada de quien no tiene que demostrar modales a nadie. La limpieza, el pudor o el decoro son las primeras víctimas de una vida bajo las estrellas.

“Hizo mucho frío, pero ella no se bajó al Metro. Que podía haberse ido…pero se quedó aquí conmigo dándome calor para que no me muriese….y se ha muerto ella”, espeta colérico sentado sobre una rejilla de ventilación del Metro, que desprende un calor viciado.

El amor, a veces, resulta incomprensible porque es irracional. Si es un alto ejecutivo quien se enamora de una prostituta, aquello nos parece una historia de amor digna de ser llevada al cine. Si el amor surge entre dos personas sin hogar, mugrientas pero dignas, entonces nos parece algo sucio, casi obsceno. Todo lo que se escapa a nuestros encasillamientos debe ser, en esencia, malo. Esa es la crueldad humana. La misma que lleva a algunos grandes literatos a escribir estúpidas fanfarronadas populistas y trasnochadas sin el más mínimo rigor ni la más tímida humanidad.

“Pues claro que le pegaba alguna vez un palo en la cabeza…y ella a mí…cuando nos enfadábamos”, continúa Juan glosando a Lourdes. El amor, asilvestrado, se convierte en una reacción casi atávica y dañina. Nada justifica nada…y el escenario, sin embargo, parece justificarlo todo.

“Yo quiero comer lo que me dé la gana…no lo que un tío me tira porque le sobra”, señala indignado mientras sigue dando cuenta, con su dentadura imposible, del manjar de hoy. “Y aunque me falta un pulmón, fumo…porque es el único vicio que tengo”. “¿Qué será de mí sin ella?. ¿Sabes que Lourdes limpiaba la calle todos los días? ¿A que nunca has visto una mierda mía? Ella lo limpiaba todo…los esputos, las heces, la basura” dice señalando a unos restos de pollo mordisqueados esparcidos junto al enorme esputo pulmonar. “Pues les van a dar por culo. No voy a limpiar nada a esos hijos de puta. Me voy a cagar en la acera y que lo limpie su puta madre o el tío ese que escribe diciendo que yo me cago en la calle”, señala con los ojos inyectados en sangre mientras no para de mover los brazos enloquecido.

Después de varios años conversando con Juan, he comprobado que poco a poco su mundo se estrecha de un modo proporcional a cómo se pierde su mirada. Es un hombre culto; lee el periódico siempre que puede y le gusta el cine…pero la calle, además de rudo, te convierte en un ser silvestre, casi atávico. Resulta tan difícil medrar y en cambio tan sencillo regresar al mundo ancestral…

Una vez más, como tantas otras, estrecho su mano negra, mugrienta y cada día más fría. Es casi un saludo de muerte. Me despido un día más de él y continúo mi camino calle arriba con la incertidumbre de si mañana volveré a verlo.

“No me voy a morir. Que se jodan esos hijos de puta y su SAMUR social. A un albergue no vuelvo. Que se jodan. No me voy a morir” y sus gritos llenan la calle. Giro el rostro para verle una vez más y me fijo en el breve espacio que cubrían las ordenadas pertenencias de Lourdes…siempre tan llamativas e invisibles. Me hubiese gustado despedirme de ella. Nos habríamos reído recordando el día que me acerqué por primera vez a hacerles unos retratos dentro de mi trabajo sobre la gente sin hogar. Nos habríamos reído recordando la mala leche con la que me recibió –casi me llevo un palo, literal-. Nos habríamos reído recordando que no le gustaban las fotos y menos aún que se las hicieran a Juan. Ella siempre decía, gritando y fuera de sí, que eran seres humanos y no animales de un zoo a los que alimentar tras la alambrada y tirarles fotos.

Nos habríamos reído recordando que para mi trabajo convine con ella en fotografiarla sin que se la conociese. No me creyó…siempre desconfiada. Pero nos habríamos reído tanto como cuando le enseñé la foto…esta misma que hoy acompaña, en su memoria, estas líneas de despedida y donde, como ella reconoció riendo sin dientes…que efectivamente no se la reconocía.

(C) Czuko Williams 2011

O tal vez no nos habríamos reído porque fuse ese uno de los días en los que no conocía, en los que no recordaba…en los que el mundo se le venía encima y solo gritaba, enrabietada con la vida…con la suya y con la de los demás.

Aún así, me hubiese gustado despedirla. Fue invisible y ahora lo es más. Tempus fugit. Sit tibi terra levis Lourdes…y que la tierra no te apriete ni lastre tu último vuelo. Donde estés. A donde vayas, bon voyage.

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