La dictadura de la democracia

"El niño legionario". Día de las Fuerzas Armadas 2014 (C) Czuko Williams/Demotix. All rights reserved

Cuando el menos malo de los sistemas (conocidos) se enfrenta a situaciones como la de la abdicación del monarca español, demuestra algunas de sus carencias. Que se siga hablando de democracia cuando el 80% de la representación política de un país que no supone, en votos, más del 50% de la población, es el sustento de un sistema de gobierno, preocupa.

Gobernar un país (contando con gobierno y oposición) con los votos del 52% de la población, no es precisamente algo que pueda considerarse absoluto ni legitimado. El propio sistema –por menos malo que sea- ya condena a casi un 30% de la población (en su mayoría niños) a no expresar su opción de gobierno. Si a eso le sumamos las cotas de abstención y votos nulos o no válidos, que en las Generales de 2011 supusieron casi el 31% de los sufragios, el panorama es cercano a la desolación.

Ante un hecho de trascendencia nacional que superará temporalmente al universo elector propio de un gobierno, como es la la continuidad o no del Sistema de Gobierno de una nación, nos encontramos ante una preocupante disyuntiva.

Cuando el viejo Rey decide poner fin a su reinado, conviene no obviar que más de un 60% de la población actual no lo votó ni decidió sobre su presencia o su conveniencia como líder del sistema político español.; tampoco debe obviarse que el sistema actual vino impuesto por el decretazo in terminus vitae de un dictador. Nada malo habría en la decisión de poner fin a su reinado si no hubiese decidido él mismo (por la gracia de Dios –se supone- y de los poderes fácticos –se intuye-) dar continuidad a su persona y estirpe en el heredero por él designado, como ya hiciese aquél otro aprendiz de régulo que fue el Caudillo. Dicho de otro modo, por prerrogativa medieval, el status adscrito –como en las viejas tribus prehistóricas-, se convierte en la mayor de las garantías para que un heredero tome los mandos de una nación. Que además lo haga sin el beneplácito de la nación a la que deberá reinar, resulta insultante e inopinado.

La disyuntiva se presenta al advertir que el futuro monarca Felipe VI, lo será con el apoyo de poco más del 80% del Congreso, lo que con los datos electorales en la mano supone, en realidad, que la monarquía se consolidará como sistema político durante al menos otro medio siglo con el apoyo de poco más del 40% de la población, dado que ese es el porcentaje que, en números gruesos, correspondería al 80% de los apoyos en la cámara que en realidad representan al 52% de la nación.

Día de las Fuerzas Armadas 2014 (C) Czuko Williams/Demotix. All rights reserved

Visto con algo más de perspectiva. Nuestro próximo monarca lo será con una contestación política cercana al 20% y con un vacío elector de casi el 50% de la población. Preocupante.

Resulta alarmante que ante la posibilidad de consolidar y dar legitimación social a la monarquía, el Gobierno, la oposición y la misma Casa Real hayan decidido, como en los viejos tiempos, dar la espalda al pueblo. Alarmante y preocupante, pues el mensaje que se envía a las futuras generaciones electoras, en plena crisis económica, política y de valores, es que su Rey lo es –además de por la Gracia de Dios- por el apoyo de muy poco más de la mitad de la población, cuando en realidad, sería de rigor que el apoyo a un sistema político fuese, como mínimo de las tres cuartas partes de la población, o dicho de otro modo, con el respaldo de una mayoría absoluta.

Felipe VI será monarca del 100% de la población española contando con el apoyo misérrimo –al menos el conocido- del 52% de la misma. Y esto es, por ser suave y educado, una vergüenza.

Existe la posibilidad, como señalan algunos políticos del bloque mayoritario biturnista, de que una amplia mayoría de la sociedad apoye al nuevo monarca y desee su entronización. Lamentablemente, los designios autoritarios de la democracia actual nos privarán de saberlo. ¿Por qué? Porque el bloque biturnista ha decidido que es mejor obviar al pueblo y acudir a la política de hechos consumados. Porque en este gobierno, en esta monarquía, como en las viejas monarquías medievales, el pueblo vota, pero no decide. No decide porque, según piensan los políticos que lo guían, no está preparado para asumir las altas empresas del Estado. Para eso están los pater patriae a los que el propio pueblo designó para que fuese su voz, pero a los que nadie dotó del poder de decisión para menesteres que implican a toda la nación.

El pueblo vota, pero no elige, porque cuando se abre la posibilidad de tomar elección, el Estado protector convierte la democracia en una dictadura en la que poco más de la mitad de la población obliga al resto a aceptar, per secula seculorum, sus designios, o mejor aún, los designios de unos políticos a los que un día dieron su confianza para que los representasen a través del Gobierno o la Oposición.

Pero ¿qué sucede cuando el Gobierno y la oposición se enfrentan a lo que ellos llaman cuestiones de Estado? Pues sucede que los políticos designados se extralimitan en sus funciones y, por miedo a la pérdida de sus privilegios o por miedo al cambio plural –que suele acarrear también la pérdida de sus prebendas-, deciden que es el momento de gobernar para el pueblo pero sin el pueblo.

España no está en 1931. No hay un poso tal como el que existía en aquellos años. Posiblemente la sociedad quiera a su viejo Rey y posiblemente quiera también al nuevo, pero ante la duda, cuando es la cuestión de Estado la que se pone en entredicho, cuando es el Sistema de Gobierno el que se pone a prueba, el pueblo debe ser consultado. No hacerlo supone un atentado contra la democracia, pero además supone un insulto a la inteligencia del pueblo.

Cuando un grupo de privilegiados que busca más el mantenimiento de sus prebendas que el bienestar de la nación se arroga, arropado en la democracia y en los trapos de colorines de la nación, el poder para decidir cuestiones de tan alta enjundia, sin preguntar el parecer de, por lo menos, la nación electora, es el triste momento en que la democracia se convierte en la tirana dictadura de las clases privilegiadas. Y aunque no estamos en 1931, no resultará extraño que ante este atropello, buena parte de esa nación que no se siente representada clame, ahora o en los años venideros, que ante la injustica de la tiranía, sólo existe el remedio de la revolución…y entonces, créanme, sí estaremos más cerca que nunca de 1931.


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