La deriva Siria. Un pensamiento desde la frontera

Ellos no han perdido su guerra. Tampoco han prostituido su causa. Occidente no los ha abandonado; tampoco de su ayuda dependía su victoria o su fracaso.

La Revolución iniciada con entusiasmo en Siria hace más de dos años ha chocado con el escollo del fundamentalismo. La hoja de ruta oculta, porque siempre hay una hoja de ruta oculta, vuelve a imponerse con furia a la sombra del soñado Estado Islámico. Occidente no ha destruido ese sueño, ni con su ayuda militar podría haber contribuido a afianzarlo. El sueño de la libertad ha chocado con el iceberg de la utopía, una vez más.

(Left) A Syrian refugee passing throuhg a train wagon in Karkamis/Jarabulus borderline. (Right) Two FSA milicians in a supply truck wait to pass to Syria in Akçakale checkpoint (C) Czuko Williams 2012. All Rights Reserved

Siria está camino de convertirse en uno de esos escenarios del horror en el que la solución propuesta ni es mejor, ni supera al status quo establecido. No se trata ya de afirmaciones favorables o desfavorables a la gestión de Al Assad. No se trata de soflamas a favor de los “rebeldes”. Se trata de los millones de desplazados, de los miles de muertos, de los cientos de miles de heridos. Se trata de un país devastado. Se trata de una sociedad musulmana sin rumbo, de un país al que se le cierran –desde fuera y desde dentro- las vías de escape.

La prensa occidental, siempre con cierta querencia informativa, ha sido durante este conflicto los ojos de un país (otro más) en guerra. Los fotógrafos y periodistas que nos hemos desplazado, con mayor o menor fortuna, a ese país hemos conseguido ofrecer imágenes desoladoras de una guerra más. Una guerra que no es mejor ni peor, ni más o menos justa que cualquier otra guerra. Sencillamente hemos cubierto durante más de dos años esa guerra desde casi todos sus frentes. Ha faltado, aún falta, algo de información desde la frontera “gubernamental”, donde nunca ha sido fácil ni amable cubrir la noticia. Tenemos algunas visiones sobre lo que ocurre en las fronteras pero lo cierto es que a los medios internacionales no les ha interesado demasiado esa periferia del conflicto. Ahí están las primeras imágenes que hablaban del mercado negro, de la ayuda turca convertida en realidad, como siempre, en el negocio perfecto para quienes viven en la periferia del conflicto. Nadie se ha interesado por esos trabajos mientras pudiese llenar las portadas de sus periódicos con las imágenes o las historias lacerantes de rebeldes parapetados tras mil muros similares, explosiones, tiroteos y desgarradoras (pero necesarias) imágenes de soldados, milicianos y rebeldes heridos o muertos. Esa es la guerra. Esa es la imagen de la guerra y es obligado cubrirla y narrarla.

El mundo está en vilo por más de cuarenta profesionales de la información secuestrados, algunos de ellos desde hace un año, por nadie sabe quién y nadie sabe dónde. Los llamamientos para la liberación de nuestros compañeros se suceden y la sociedad, siempre anestesiada por la distancia, se sorprende de que allí, en la guerra, se secuestre y se mate a gente que trabaja por acercar a sus televisores, a sus periódicos y sus hogares la realidad de un mundo en crisis global; un mundo inmerso en la más atípica y asimétrica guerra mundial. Ellos, como ciudadanos libres, pensaron que la III Guerra Mundial tendría forma de hongo atómico y como nadie vio el hongo, todos pensaron que habíamos escapado de la hecatombe. Nada más lejos de la realidad, sin duda.

Hemos regresado, con cierta sofisticación, a las Guerras de Religión. ¿Acaso alguna vez las abandonamos? Los conflictos se han colado en nuestro cibermundo y cualquier conflicto parece a la vez más cercano y lejano que nunca. Las dificultades para cubrir un conflicto se han reducido al tiempo que se multiplicaban. Esta dicotomía, casi esquizofrénica, hace referencia a un mundo cada vez más rápido en el que cada vez exigimos más productos gratuitos y además de calidad. Las tecnologías han contribuido a ello. Para algunos esto ha supuesto la ruptura de su mercado; para otros la posibilidad de narrar en primera persona su historia; para los menos, una posibilidad única de manipular la historia.

A syrian refugee wait, in Killis checkpoint, for a transport to pass to Aleppo (C) Czuko Williams 2012. All Rights Reserved

Lo cierto es que Siria, Mali, la República del Congo, el Sahel, Túnez, Libia, Irak, Afganistán…siguen estando ahí, ocupando el mismo espacio geográfico de los mapas de antaño. Sus conflictos se han sofisticado; sus luchas se han globalizado, pero al fin y al cabo buena parte de ellos muestran una peligrosa deriva hacia un nexo común. Ese nexo no es solo el de la libertad, sino en esencia el de un recorrido alocado hacia la construcción de un nuevo espacio geopolítico, derivado en esencia de los desmanes de Occidente y de la vorágine medieval de ellos mismos. La religión es una excusa más para poner en marcha la empresa del poder. No importa la bandera bajo la que se escondan los nuevos líderes. En el fondo ellos también ansían el poder y esa carrera por alcanzarlo, esa embriaguez nostálgica del sometimiento del igual y del exterminio del diferente es el único trasfondo común de conflictos como el de Siria. Esto sólo hay un modo de conocerlo: a través de las crónicas y las imágenes que los periodistas traemos desde esos remotos lugares. Sólo podemos empezar a entender las cosas cuando recibimos las crónicas y las imágenes de Marc, de James, de Ricard, de Javier y de tantos otros profesionales, compañeros y amigos que pasan la mitad de sus vidas saltando de un lado al otro de la trinchera para contar al mundo la verdad de unos o la mentira de otros.

Los captores de nuestros compañeros deberían saber que su verdad puede ser en esencia la mentira del vecino. Su inteligencia debería alcanzar para comprender que el mensajero porta el mensaje, no la verdad o la mentira. Silenciar al mensajero no silenciará la verdad ni dará más voz a la mentira. Silenciar al mensajero sólo traerá silencio…y el silencio en esencia es olvido y abandono. Pero nosotros, los que ansiamos conocer, los que no nos resignamos a creer las cosas que nos cuentan y necesitamos acercarnos para verlas, nosotros, ni olvidamos ni abandonamos y por eso, independientemente de la deriva a la que lleve “vuestra” guerra, seguiremos buscando hasta encontrar dos cosas: las respuesta y a nuestros compañeros.


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