El Nuevo Orden

España se encamina hacia la instauración silenciosa de un nuevo modo de gestión. Una gestión de los espacios públicos, de la prensa, de la policía, de la educación, de la política…La crisis ha sido no el detonante, sino la excusa magnífica para permitir al poder instaurar sus malas artes.

El Nuevo Orden se presenta como abanderado de la marca España. Los salvapatrias siempre han sabido buscar en la España dolorida la razón de su esencia. La España que se rompe, que se desmembra, la madre que sufre; todos tristes tópicos de los insufladores del vilipendio, de la desvergüenza, de la dictadura trufada de barniz demócrata.

Alcalde-ministro que nos deja en herencia Alcaldesa-consorte; Exministra-Presidenta que nos deja en herencia ganapanes-Presidente; y el círculo dando más vueltas que la noria de los locos. Todo por la gracia de Dios. Si Gallardón nos dejó una Universidad Pública -como la Rey Juan Carlos- regalada a su querido Opus Dei, habrá que conceder al ministro terrenal la virtud de ganarse el cielo como valioso valedor de la sacrosanta secta. Roma no se construyó en dos días. A su través el poder divino está más cerca del terrenal y así, a Dios lo que es de Dios y además del César.

Hoy esa Universidad es gestionada por un Rector de postín, denunciado hasta la saciedad trancas y que, como muñeco torpe de trapo, deja el poder a la mano más oscura del Opus, su Vicerector Suárez que hace y deshace a su antojo destruyendo uno por uno los pilares democráticos de los órganos de Gobierno. El alumnado asnático se contenta con mirar hacia el futuro convencido de que más allá de su paso por esta triste Universidad habrá algo.

Unos y otros achacan a la crisis la necesidad de actuar con celeridad y celo. El Congreso se blinda por el bien de España; a los fotógrafos se nos golpea en las manifestaciones por la integridad de España; a los manifestantes se les apalea en virtud de España. Quien no sea de la familia no es digno de pisar las baldosas fariseicas de la Patria. Las calles, cada día más sucias y decadentes no tienen la virtud del espacio público que fue. El Ágora es sinónimo del peligro de la masa; esa misma que pide a gritos el cambio pero no hace nada por el cambio.

Las hordas fascistas desfilan por Madrid y su paso no deja huella alguna en una prensa dirigida, politizada, idiotizada por el embrujo de la publicidad, por la necesidad del bebedero público que asemeja ya más a un pozo negro que a una fuente. La República es la fuente de todos los males; la democracia la enfermedad de España, su veneno. Los independentistas, esa suerte de blenorragia que desangra a la Nación querida. España no se muere, es asesinada por esa caterva de demócratas que nacieron para hostigar a la Patria, para ser su martillo pendenciero.

Pero el Nuevo Orden está aquí. Con su cara amable -como todos los fascismos en su génesis- se presenta como el Bálsamo de Fierabrás que curará todos los males de la dolida Nación. El Nuevo Orden, con sus pendientes de perlas, con sus cricifijos, con sus misas de domingo, con sus comuniones, con su importancia de la famila, con su protesta antiabortista, con su discurso rancio, viejuno, patético, ha llegado para quedarse. Es la instauración de la Nueva Realidad que, por la Gracia de Dios, nos obligará, a todos, en unos años a marchar a paso de ganso, o a vestir estúpidas camisas pardas, o azules, o a denunciar a nuestros vecinos o a sus hijos, o al compañero de trabajo; unas veces por odio, otras por venganza, pero en la mayor parte de las ocasiones por miedo.

El miedo es la poción mágica del extremismo. Se ejerce el miedo como se viste un traje. Uno se lo pone al despertar y sale a pasear con él, irradiándolo, haciendo partícipe del terror al inmigrante, al anciano, a la chica con minifalda, al chaval de las zapatillas de colores, al afeminado, al vanguardista, al poeta, al librepensador…No hace falta golpearlos; sólo tienen que oler el miedo para notar un picor en la vejiga…y una necesidad imperiosa de orinarse. Porque el miedo se ejerce cada día, aunque hay quien no se lo quita ni para dormir. El miedo es parte del discurso del poder; siempre lo ha sido.

El Nuevo Orden decide que la Ley es una cosa que se escribe para marcar la pauta de la necesidad de llevar a cabo justo lo contrario. El Nuevo Orden decide no sólo sucesiones, sino que también se ha erigido en árbitro de la interpretación de las leyes; el Nuevo Orden decide qué es ley y qué no lo es. El Nuevo Orden decide cuáles son los símbolos de España y pone los medios para perpetuarlos, para protegerlos. El Nuevo Orden es una mentira que por mil veces repetida, aunque lo intente con fiereza, no se hará realidad. No debemos dejar que se materialice. El Nuevo Orden teme a la verdad, porque la verdad es el antídoto del miedo y de la necedad; el bálsamo de los extremismos. Por eso hay que modular la verdad. Hay que construir mentiras que parezcan verdad; hacer héroes de la calle –como el camarero mentiroso o la activista exhibicionista buscadora de su minuto de fama en las portadas del papel couché-; hacer verdades como mentiras y mentiras como verdades para que nadie sepa jamás qué es o qué fue la verdad. Prostituye la verdad y conviértela en inmoral. El Nuevo Orden podrá ayudarte a dar forma a tus “verdades”, es cuestión de tiempo.

Buscando la fama el 25-S...algunos la encontraron bien remunerada algunas semanas después.

Las noticias de escándalos que implican a “la familia” se multiplican; la familia es amplia, puede ser Real o ficticia, política o carnal, o simplemente puede tratarse del hijo de la peluquera, o del hermano del Conserje. No importa: lo único importante es que la familia esté contenta, que robe con la tranquilidad precisa, sin ser incomodada, sin que nadie pueda acusarles de ser lo que a todas vistas son, unos chorizos. Chorizos con nombres y apellidos; chorizos de clase media, media-baja, alta y baja. Al menos a los últimos se les presume el robo in extremis o por necesidad. Los otros roban po vicio, o sencillamente porque robar les acerca a la élite.

El Nuevo Orden tiene un aliado potencial: el pueblo anestesiado. Ese pueblo que muere, como el reflejo de Stendhal, afectado por la constante diarrea de escándalos que salpican periódicos, charlas de café, corrillos de tren y metro o las mañanas amenas del aperitivo. Al escritor francés le epataba la belleza; a la sociedad ebria le epata el hedor. El Nuevo Orden ha conseguido narcotizar a la sociedad llevándola a la aceptación de todo tipo de aberraciones. Ya no roba el poderoso; ahora roba el que puede. La Administración Pública es una cloaca llena de pretenciosas ratas que se alimentan del despojo sanguinolento del pueblo a través de esa suerte de sangría que son los impuestos.

Pero no pasa nada. Puede estar tranquilo el respetable porque el Nuevo Orden será capaz de recordarnos lo que de verdad es importante. Nada por encima de España; una España para los españoles. Una España en la que la mayor alegría que puede sentir el espíritu es la de acercar una sentida limosna al pobrecito negro que vino a desangrarnos con su ansia vampírica. Ese mismo negrito que puebla las puertas de nuestras Iglesias y los rincones de nuestra Patria recordándonos que somos nosotros, tan blancos, tan limpios, la raza elegida por los Dioses. Una España en la que Dios vea con buenos ojos dejar sin atención sanitaria a esa escoria inmunda inmigrante que ha venido a desbaratar nuestras pensiones. Una España en la que el aroma del lujo siga siendo el del estercolero. Una España rancia, apestosamente rancia, que sea capaz de mandar a sus soldados –buena parte de ellos de origen inmigrante- a la guerra disfrazándola de Misión Humanitaria. Una España acorde con los deseos de sus aliados, con el ansia de esa podrida conducta neoliberal que ve, hasta en las guerras, el lado jugoso del negocio.

Anverso y reverso de una tarjeta de visita que el propio Director Comercial entregaba esta semana, perfectamente ataviado, por la Calle Alcalá de Madrid a los viandantes.

No hay que temer. Mañana los émulos de la camisa parda nos sugerirán la bondad de caminar a paso de ganso; harán magníficas peroratas en torno a la virtud de determinado rasurado de bigote y nos convencerán con el trágala amable de la necesidad de la bondad de apostar por los productos nacionales. La sociedad anestesiada y consumidora de adormidera política se sentirá impulsada hacia el cumplimiento de las pretensiones partidistas y sin apenas comprenderlo, el miedo –que es la sacrosanta eucaristía del fascista- nos habrá llevado a caminar como gansos, a vestir extrañas camisas y a portar banderolas que reivindiquen nuestra querencia por defender esta Piel de Toro en peligro. El ignorante extremista desconocerá las “bondades” de la autarquía y glorificará los tiempos del embargo internacional, aquél con el que reivindicamos la pobreza de la España rancia por encima de los intereses mundiales. Eso que llamaban algunos la “España Imperial”.

En los tiempos inciertos manan salvapatrias cual fuente de agua pura; lo hacen vanagloriándose de sus ancestros, llamando a la unidad contra la hipocresía y la corrupción pero apoyándose casi exclusivamente en ella. En los tiempos inciertos, agrios dictadores encuentran la excusa perfecta para la construcción del Nuevo Orden. Ellos destruyen la Administración señalándola como la esencia de todos los males; al tiempo copan esa Administración de cargos afines y familares; no es un deseo, es una misión y lo hacen por la necesidad de que el Nuevo Orden encuentre bases sólidas sobre las que extenderse. Todo está corrompido, excepto ellos.

Esos que llaman enfermedad a la democracia son el virus que coloniza y puebla el organismo caduco de las naciones. Se extienden, se reproducen y como indeseables huéspedes parasitan la mente del pueblo e inyectan su veneno en su torrente vital. El mal está hecho; la semilla sembrada. Como en los años 30 del pasado siglo solo queda esperar a ver qué mutante germina de esa infame plantación. Ellos alabarán a Dios al ver su engendro. Nosotros diremos: “Dios nos pille confesados”.


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