Por la Gracia de Dios - God save the Queen

Aunque no es del gusto de este fotoperiodista metido a inquietudes literarias, toca hablar, por imperativo mediático, pero sobre todo legal, de política regional que, en definitiva no es sino una política local, de segunda división, con ínfulas de poder regio.

Toca Madrid, por culpa de Aguirre quien, como siempre, ha sabido copar los medios cuando le correspondía y cuando no.

Hoy, además toca hablar de política bajuna, de esa que se gesta en la zozobra del entendimiento y en la cuita de la democracia; esa que se hace a golpe de talonario o, sencillamente, por la Gracia de Dios.

Hace más de treinta años terminó la quimérica empresa que la Gracia de Dios (maldita la gracia, por cierto) dictó al corto entendimiento de un militar que, por sí solo, desde su cubil norte-africano, había de trastocar el escenario político y social de Europa con el fascismo como tramoya necesaria de su empresa.

Aún cuando podría pensarse que el barniz democrático que sucedió a la dictadura en España sirvió para crear algo más que una monarquía apalabrada, la evidencia es poderosa y el escenario en el que nos ha colocado no deja mucho lugar a la duda.

Al caudillo imperial le sucedió la monarquía a la fuga y destronada. No en vano, algunas cartas de ese paladín franquista que fue el Almirante Carrero Blanco, conservadas, no me pregunten por qué, en el Archivo Saporta del Real Madrid Club de Fútbol, venían a aclarar la línea de sucesión. Para el Almirante, como para el caudillo, la sucesión era clara. Al Régimen, magnificado en la figura del pequeño General, debía sucederle una monarquía. Así, por arte de birli-birloque, Don Francisco había decidido que a través de la mediática mentira de una leyenda monetal, Dios le había impuesto una misión y en la clave de esa decisión radicaba la re-instauración de la monarquía; pero no de una monarquía cualquiera, sino la de aquél que, significado con el Régimen, había dado pruebas suficientes de sujección a la aventura post-fascista del gallego internacional.

Estas cuitas propias del “abuelo cebolleta”, están, por desgracia, lejos de estar pasadas de moda. Muy al contrario, en los últimos dos años España está dando de nuevo una lección de democracia de barrio. Si al magnífico Presidente regional con cargo de Alcalde pero ínfulas de Primer Ministro se le puso en el entrecejo –nada despoblado por cierto- que ante su marcha como Ministro de la Nación debía dejar digna sucesora en el cargo, ahora, la “abuela coraje” de España ha tomado la misma dirección. Tanto monta, monta tanto Esperanza como Alberto.

El Ministro Gallardón, después de arruinar Madrid, pero eso sí, dejándolo bastante apañado y bonito, decidió que, pese a lo que dicta la lógica y el sentido común, en vez de convocar nuevas elecciones municipales lo mejor era dejar el cargo de Alcalde “en herencia”, como si de unos vulgares gananciales se tratase, a su segunda de abordo, a la sazón, la presidentísima Botella, digna heredera de su egregio esposo.

Ayer, la Presidenta de la Comunidad, atenazada por un cáncer de pecho mal curado que se la devora aún cuando se niega a reconocer nada que no sea una mejoría notable –cuando no la curación total- (algo lógico en quien se enfrenta a tan incómodo trance); agobiada por la presión de los mercados, por la ruina de su principal fuente de ingresos, Caja Madrid –also know as Bankia- y por la fuerte disintonía con su entorno político más próximo, ha decidido después de dimitir, ceder el testigo a heredero, el Sr. González. Pequeño político regional con bastantes presuntos problemas a sus espaldas, el imperial Vicepresidente ha heredado, también, por la Gracia de Dios y la oportuna intercesión de la Sra. Aguirre, el mando de esta nave en vísperas de zozobra que es la Comunidad de Madrid. “A sus órdenes Presidenta, bájese del barco, que yo sigo al mando atado al timón, impasible el ademán”.

Por la Gracia de Dios, como mandan los cánones, porque, como bien dijo el pasado sábado el Sr. Carlos González, Jefe del sindicato falangista TNS en su alocada alocución madrileña, “el Imperio tiene un problema que se llama democracia; enfermedad que no se trata, que se extirpa y a la que se combate con la violencia”. También lo señaló, por la Gracia de Dios, acompañado del sempiterno crucifijo que un acólito alzaba con firmeza junto al estrado-camioneta improvisado para el acto y rodeado de mujeres comunes, hombres comunes y otros, menos comunes y amables. Por la Gracia de Dios se consume la Democracia que, visto está, es para algunos, una suerte de cáncer que, como el de pecho de la señora Aguirre, devora en silencio al más sano y recio cuerpo.

La Democracia, que debe considerarse, sin alarmismos, en inminente peligro, está de noramala en este terruño hispano. Prostituida y vilipendiada, la voluntad del pueblo soberano que eligió a sus líderes, debe digerir el trágala de las malas artes de gentes que como el Sr. Gallardón y la Sra. Aguirre viven en el convencimiento extremo de que Dios asiste su mano firme cuando deben firmar la sucesión. No está en el acto en sí el error, sino en la creencia, cada vez más extendida, de que el poder es cosa hereditaria. Si mal empezó el gobierno inicial de la Sra. Aguirre, tocado por la trama inmobiliaria que después ha estallado y nos ha llenado a todos, digámoslo como es, de mierda, peor termina. Lo que se inició con un corte de mangas a la democracia, culmina con una pedorreta. Pero no se preocupen que aquí, por la Gracia de Dios, no pasa nada.

El miedo al pueblo preside los actos desaforados de esta gente. El desprecio a la democracia pero, por encima de todo al más puro sentido común, es la guía que fija los límites de sus actos. Dios les guía y su Gracia es tan amplia –para con el creyente, claro- que en esta nueva suerte de Cruzada nacional bajo la amenaza de los mercados, de los moros y en definitiva de todas las fuerzas del Maligno, la única solución es abrazar la verdadera fe y con ella convencer al pueblo de que se les deja en las mejores manos. Importa poco que el pueblo haya elegido o no esas manos, porque lo único que debe importarles es que esta transición natural se realiza bajo la Gracia de Dios y, tal vez, con la reinstauración del derecho de pernada.

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