Todos al suelo, tengo una escopeta

Educación contra reacción y todo visto desde el púlpito de los excesos. El día 22 de Mayo (#22M, #EDU22M) la fiesta recorría de nuevo las calles de Madrid. A ritmo de charanga y bongos la concentración en protesta por los recortes en enseñanza se desarrolló sin incidentes. Al menos así fue hasta que los de siempre, por ambas partes, decidieron que aquello debía cambiar de tercio. Sonaron los clarines, transformados en sirenas, empezaron las carreras y la Calle Montera colocó de nuevo a manifestantes y policías en la cuerda floja del absurdo, a un paso escaso de la locura.

Mientras la cola de la manifestación se va deshaciendo de forma folclórica en la intersección de las calles de Alcalá y Gran Vía, multitud de manifestantes se dirigen pacíficamente hacia Sol. Son las 21:30 y la plaza alberga ya desde hace más de una hora, a los pies del caballo del rey-alcalde, una gran asamblea. Otros corrillos mantienen debates tranquilos. Los manifestantes se mezclan con viandantes y turistas. Se respira un aire de tranquilidad.

Un joven manifestante da la voz de alarma. El sobrevuelo del helicóptero de la policía, en la vertical de Gran Vía, no deja lugar a la duda. ¡¡Todos a Callao!! -bueno, realmente todos a la plazoleta que, a través de Montera, desemboca en Gran Vía. El rumor señala la detención de algún joven y el montaje de un fuerte dispositivo policial.

La policía ha bloqueado la salida hacia Gran Vía con una concentración de furgonetas. Aquello parece un rally de coches de época pero en monocromo: domina el azul. Una fila de policías de la UIP, ataviados con sus cascos, comienzan a sacar ordenadamente sus escudos. El chavalerío y una nada desdeñable cantidad de personas de mediana edad, corean las consignas típicas, destacando el lema “que no, que no, que no nos representan”. No media acto de violencia alguno por parte de los manifestantes.

Hay un enorme espacio entre la linea policial y los concentrados. De forma ordenada empiezan a sentarse en el suelo mientras aumenta el tono de sus protestas. Se palpa algo de tensión en la línea policial. Un segundo cordón ha cortado la acera opuesta de la Gran Vía. El gentío, curioso e indignado a partes iguales, se sitúa en los extremos del muro policial. Nadie más que los fotógrafos osa invadir el espacio que media entre la policía y el pueblo, porque la masa sentada en la acera es, aunque predomine la juventud, el pueblo.

La tensión se desata cuando un agente con más altura que cerebro sale de una de las furgonetas portando una escopeta preparada para el lanzamiento de pelotas y botes de humo. Desafiante, malencarado, chulesco, excesivo en todo y acertado en nada, adopta posturas más propias de un ajado anuncio de los States o de la más rancia propaganda de cualquier régimen totalitario. Juguetea con el arma, aputando siempre al cielo, mientras un coro unánime de voces critican el gesto al tiempo que, esgrimiendo libros de literatura, espetan: “estas son nuestras armas”.

Desde la cercanía del cordón policial podemos escuchar claramente a un mando que ordena al cow-boy solitario que guarde el arma; al mismo tiempo susurra un mantra a sus agentes: “calma, ante todo calma”. Esta es una buena señala. Que de momento a los chicos de la prensa (la oficial y la oficiosa -que todas valen-) no se nos haya empujado ni impedido realizar nuestro trabajo es otra muy buena señal. El cow-boy obedece, pero en su cara se dibuja la desilusión del niño rabioso al que le quitan su peligroso juguete, ese que carga el diablo y siempre dispara un imbécil. Sabe que hoy no habrá jarana...y algunos, por ambos lados de este frente estúpido, quieren jarana hace tiempo.

El partido ha escalado un peldaño más de la violencia. En este caso es una violencia gestual, intimidatoria que, no obstante, ha sido bien aplacada por un mando que ha demostrado estar a la altura de la situación y tener un control jerárquico y digno de la situación.

Tras un jocoso intercambio de consignas y la aparición del exhibicionista tonto y torpe q ue siempre se cuela en los saraos de los demás (y al que lamentablemente la prensa suele dedicarle más atención de la necesaria), el gentío grita sin cesar “televisión, manipulación”, “que no, que no, que no es de los nuestros”. La multitud aprovecha para, rondando las 22:15 de la noche, recortar hasta el ridículo la distancia que separaba a policías y manifestantes. Nueva sentada. Ni siquiera este gesto consigue que algún otro llanero solitario pierda la calma. Los chavales cantan, simulan leer sus libros y corean consignas. Algún descerebrado de los de siempre increpa a la policía y se escucha algún estúpido grito de apoyo al GRAPO...sin duda una versión juvenil trasnochada de los tiempos del plomo que algunos querrían vivir, aunque solo sepan de aquél pasado lo que oyeron contar a sus abuelos.

La manifestación desciende hacia Sol seguida por la policía. Esto, tan ridículo, asemeja un fúnebre cortejo. Sería divertido si no diese tanta pena. Enésimo dato curioso. Durante la identificación de una joven que trata infructuosamente de descubrir por qué razón le piden la documentación, un relativamente poco amable, bastante nervioso y proporcionadamente bajito policía (¿no había una talla mínima para ingresar en el Cuerpo?) nos espeta, al tratar de fotografiar la escena que “se trata de una conversación privada que no se puede fotografiar”. Casi nos da un infarto de la risa; la identificación de un ciudadano se convierte, en plena calle, en un asunto privado. Alguien debería enseñarles a estos agentes, en el apartado de derecho civil, la diferencia entre privado y público. Mientras tanto, una miradita al capítulo correspondiente de Barrio Sésamo podría venir bien.

Hacia las 23:00, después de algún baile en la Puerta del Sol y de la desbandada de buena parte de los “concentrados”, que aprovechan para recogerse de forma ordenada, el inexorable avance de la policía, que insiste en su técnica del “corralito”, lleva a los jóvenes hacia la calle de las Carretas. Allí aumenta exponencialmente el número de identificaciones. La razón esgrimida por la policía es que las manifestaciones tienen un horario y un recorrido establecidos y que cuando alguno de los dos o ambos se traspasan, la ley debe imperar.

Algún joven lanza los cubos de basura al suelo en un estúpido gesto. Otros jóvenes que, curiosamente también huyen del “cerco”, se aprestan a levantarlos mientras indican que no hace falta hacer barricadas. Un apunte de civismo que es digno destacar.

En la confluencia de las calles Carretas y Bolsa, tras las oportunas identificaciones, la policía disuelve el dispositivo. En la mente del informador, y registrado en su cámara, queda el dato lamentable del cow-boy solitario armado con su escopeta. También una sensación placentera de que de algo sirven las llamadas de atención contra las agresiones a la prensa. Hoy nos dejaron trabajar casi sin impedimentos, como debe ser.

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