The anonymous lives (1) - the guitarist

No hay mejor hilo musical que la música en directo. Esto es lo que debe pensar el músico no-mendigo que ameniza, cada mañana, el trayecto madrileño que separa las estaciones de ferrocarril de Ramón y Cajal y Recoletos.

Cuando el perezoso sol invernal acaricia de lleno las fachadas de los edificios, el músico saca su guitarra de la funda acolchada negra que lleva en bandolera. Enfila un purito en el extremo izquierdo de su boca y, sin encenderlo, pulsa con deleite y pasión las seis cuerdas en las que lleva puestas el corazón.

Cada mañana, desde hace años, repite su ritual, sentado en las escaleras de acceso del vestíbulo de la estación, o en un banco del andén. De su mano brotan melodías que inundan, como un regalo, los minutos de espera de los viajeros. Acordes, punteos, suaves pulsaciones acompañadas de un no mirar, de un no te veo, de un sentimiento derrochado con la generosidad del que hace lo que hace por el mero placer de hacerlo; por la emoción que le transmite el regalo de algo que solo él sabe muy valioso.

Hoy no vamos a entrevistarle. Su misterio será, de momento, su anonimato. No acepta limosnas ni pide nada a cambio de lo mucho que da. En varias ocasiones algún viajero ha tratado de ofrecerle unas monedas que nustro músico anónimo ha rechazado con delicadeza. Su regalo es como una mano que mece el viento, sin mayor pretensión que la de deleitar, sin mayor alcance que los minutos que se desvanecen, pausados, melódicos, entre las miradas atónicas, agradecidas o indiferentes de quienes le rodean.

El tren se aproxima. Recoge los bártulos, con un desorden ordenado; introduce el instrumento en su refugio y avanza por el andén al tiempo que enciende su purito. El viento ha borrado los acordes; su recuerdo viaja junto a él en el vagón unos instantes...los mismos segundos que tarda en desenfundar su arma musical y continuar el deleite de propios y extraños con melodías que proceden de algún rincón profundo de un corazón que late en la llema de diez dedos. En los viajeros queda, meciéndose entre el silencio, la impresión causada por quien todo lo da a cambio de nada.


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