Un país en la cuneta

A couple of ancient people search for the name of their parents in the "Crime list" that was holded in the Eastern Cemetery wall in Madrid during the Act to tribute to the killed people by Franco's Regime

(C) Czuko Williams/Demotix/Corbis

“(…) siguen, casi ochenta años después, llenas las cunetas y los campos de España de cuerpos que regaron con su sangre las mismas cosechas de trigo de las que se alimentaron nuestros padres y abuelos”

España es un país de cuneta. Lo ha sido durante siglos, pero especialmente lo es desde 1936. Un país que no saldrá de la cuneta hasta que se desentierre el último de los cuerpos de los cientos de miles de desaparecidos forzosos asesinados que nos dejó la última guerra civil.

En este país de pandereta y bandolero, de boina y casulla, de unte y tecnocracia nacionalcatolicista rancia, lo progre se rindió hace más de cincuenta años a las querencias malhadadas del poder a través de un Transición mendaz y tramposa. Por eso siguen, casi ochenta años después, llenas las cunetas y los campos de España de cuerpos que regaron con su sangre las mismas cosechas de trigo de las que se alimentaron nuestros padres y abuelos. España es, cada vez más, el cuadro doloroso de Goya. Una nación que morirá a garrotazos. Una nación miope y cargada de la orgullosa ceguera del odio, del sectarismo y de la dinámica marchita del “y-tu-maismo”

España murió con el (pen)último de los golpes de Estado. El país en el que vivimos ahora no es más que una sombra de la terrible elegía de casullas que nos regalaron cuarenta años de dictadura. Nosotros, los que quedamos, somos en esencia hijos y nietos del Régimen. Los vástagos, mudos, sordos y ciegos, de los que quedaron; de los marchitos y macilentos españoles que asumieron que había que seguir viviendo después de una guerra, aunque fuese a la sombra de las tapias donde, sólo roto el silencio por las descargas viles, caían sin remedio aquellos que habían plantado cara a lo ilegítimo, a lo ilegal, a lo traidor.

“España no saldrá de la cuneta profunda en la que habita hasta que suspire aliviado el dolor del último de los asesinados que riegan sus paisajes”

Queda el convencimiento de que los que quedaron construyeron una Transición que, como la democracia, dimos por buena por ser el menos malo de los males. Pero aquella Transición mendaz, hoy caduca y vieja, debe ser juzgada ahora por los nietos y tataranietos de quienes se enfrentaron por vez última a garrotazos. Este país pertenece cada vez más a quienes no tuvieron ningún vínculo con la vieja orgía de sangre. Y aún a su pesar, la realidad cotidiana les obliga a aceptar el trágala de los estertores, jamás últimos, del viejo Régimen militar y fascista. Estertores trufados de corruptelas y de mangoneos; de nuevos ricos salidos del arroyo vil de las cañadas. Poceros enriquecidos, alcaldes mitómanos, ministras de confesionario y políticos de chaqueta de pana para vender la moto a los ignorantes. Estertores nacidos de la ignominia y la impunidad más viles. Estertores de socialismo de sainete, de comunismo de barranco y Pacto “monclovita”. Estertores de bosques de brazos en alto lanzados “hacia los luceros” que olvidaron pronto la propia afrenta del Régimen facilitando el asesinato de sus propios líderes. Estertores de monarquías caducas; de marquesados recibidos en regalía propia del Medievo.

“Nosotros, los que quedamos, somos en esencia hijos y nietos del Régimen. Los vástagos, mudos, sordos y ciegos, de los que quedaron”

España sigue en sus cunetas. Un país que invierte más en investigar a sus milenarios ancestros –aunque sean inventados- que en zanjar el oprobio más lacerante de su Historia no es un país, ni un pueblo, sino un cúmulo de majaderos bien pagados con menos conciencia histórica que una ameba. Hacer Historia sin cerrar el círculo de la Historia es como caminar sobre las aguas o dar de comer a miles con un puñado de panes y peces. El círculo de España se cierra en sus cunetas, en sus bancales, en su lóbregas quebradas preñadas de cadáveres; en los pozos y simas, en las raíces de enebro y encina recia que crecieron con la sangre de los asesinados. Porque no murieron, no desaparecieron, no se esfumaron, no se alzaron a los cielos ni tuvieron posibles para salir al destierro infame del exilio. No. Esos miles de ciudadanos libres fueron asesinados y con su sangre regaron la España de hoy. La misma sobre la que crecemos. La misma sobre la que escribimos, la mayor parte de las veces cegados por el odio y la ignorancia, sin la más mínima conciencia real de nación a la vez común y diversa.

Ms. Carol Bartholomew, in the cemetery, crying in front of the annonimous grave of her uncle Arthur Dunbar, an International Brigadist dead in Brunete's Battle during Spanish Civil War (1936-1939)

(C) Czuko Williams/Demotix/Corbis

España no saldrá de la cuneta profunda en la que habita hasta que suspire aliviado el dolor del último de los asesinados que riegan sus paisajes. Nadie abre heridas en España. España es una herida abierta parcheada con apósitos temporales que, con el tiempo, terminarán supurando o derivarán en gangrena. Están en juego las diferentes Españas. La Península de matices, cada vez más Barataria literaria, se juega en el tablero del futuro, la última mano de cartas. Delenda est Hispania.

“Un Gobierno serio y responsable no trasladaría a las familias de los desparecidos la responsabilidad (moral y económica) de su dolorosa búsqueda”

¿Qué se podría esperar de un Gobierno responsable? Como primera medida de urgencia, cancelar el gasto global de inversiones arqueológicas durante un periodo de 1 a 3 años y destinarlo íntegramente a un Plan Nacional de Recuperación de la Memoria Histórica. Un Plan, con financiación pública integral, que se dedicase a rastrear, localizar y exhumar a todos los fusilados y asesinados durante la Guerra Civil y la Dictadura. Un Plan centrado en la búsqueda y censado de los miles de exiliados que jamás pudieron regresar a su país y que murieron lejos de su patria vil y poco generosa. Como segunda medida, la derogación inmediata de la Ley 46/1977, “de amnistía” (lo que implicaría el cada vez más necesario replanteamiento Constitucional) y el acatamiento de los requerimientos penales internacionales para perseguir, juzgar y en su caso encarcelar a los responsables directos e indirectos de todos los crímenes constatados. A todos. De todos los colores y pelajes. Como tercera medida, la creación de un Tribunal de compensación que, en la antípoda de los falaces Tribunales de depuración, revisasen las causas abiertas contra miles de ciudadanos y funcionarios españoles durante la contienda fratricida, la posterior dictadura y la mal llamada Transición democrática.

A woman put a red carnation near the picture of her killed parent in the wall of the Eastern Cemetery in Madrid

(C) Czuko Williams/Demotix/Corbis

UN members of Working Group on Enforced Disappearances, Mr. Ariel Dulitzky and Ms. Jasminka Dzumhur present the Preliminary Report on the enforced disappearances during the Spanish Civil War and Dictatorship

(C) Czuko Williams/Demotix/Corbis

Un Gobierno serio y responsable no trasladaría a las familias de los desparecidos la responsabilidad (moral y económica) de su dolorosa búsqueda. Un Gobierno serio y responsable no fomentaría el silencio ni el olvido. Un Gobierno con conciencia de Estado no fomentaría el partidismo ni adularía a unas víctimas en detrimento de otras. Un Gobierno serio y responsable no fusilaría, de nuevo, cada amanecer las esperanzas de los cientos de miles de ciudadanos que rastrean las huellas dejados por los ausentes. Un Gobierno serio y responsable no volvería a juzgar u condenar a muerte a quienes pueblan las cunetas y campos de España.

Pero España sigue en la cuneta. Vil, como siempre, dando lecciones de legislación internacional a los otros mientras argumenta, obscena, el viejo lugar común del “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”. España seguirá en la cuneta los mismos años que tarde en reconocer la deuda de sangre contraída con la gente que perdió su vida en pos de un ideal; podía ser un ideal equivocado, erróneo, o siquiera diferente. No es momento de juzgar cuestiones como esta. La Historia terminará siempre por hacerlo, aunque los primeros capítulos los escriban siempre los vencedores. España debe el tributo de la lealtad a quienes fueron asesinados y a aquellos a quienes aplicó la locución latina de la “damnatio memoriae” creyendo que dejándolos en el olvido desaparecerían.

A big banner show hundreds pictures of killed and forced missing people during Franco's Dictatorship in Spain. One of the pictures (In the center) shows Mr. Javier Bueno Bueno, the former President of Press Association, killed in 1939 by Nationalists

(C) Czuko Williams/Demotix/ Corbis

Pues no. Ellos no desaparecieron. Desde sus recónditas tumbas ellos y sus familias dan aldabonazos en la puerta de la Historia y reclaman, con derechos renovados, la reposición inmediata de todo lo que los viles asesinos y sus cómplices silentes quisieron borrar con un disparo. Porque la España cainita y vil seguirá huérfana de progreso mientras se perpetúe la infamia y la crueldad sobre el último de los cuerpos enterrados en los campos de su geografía.

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