Dios aprieta y la administración ahoga: muerte de la Escuela Pública

La Administración ha demostrado no ser Dios. Esto era algo ya sabido, pero desde hace un par de años hay pruebas fehacientes de ello. Se dice que Dios aprieta, pero no ahoga y es en este extremo en el que encontramos la más grande diferencia entre Dios y la Administración; esta última aprieta y ahoga.

Son múltiples las empresas cooperativas que se han visto obligadas a echar el cierre debido a la insoportable carga de la deuda contraída por la Administración con ellas. Todos estos negocios de servicios, contemplados como proveedores por el Estado, las Comunidades Autónomas y las corporaciones municipales, se han visto inmersos en el más pérfido y maquiavélico sistema. Acostumbrados al pago regular, tardío pero regular, de sus facturas, sus provisiones de fondos les permitían sobrevivir capeando la irregularidad de los cobros, o más bien la demora de los mismos impuesta por una de las partes y aceptada, sin condiciones, por la otra.

Pero el sistema, en su concepción diabólica, estaba diseñado para soportar las demoras de 180 días que normalmente marcaba la tesorería pública para el devengo de cobros. Cuando estos tiempos se han dilatado debido a la carestía de fondos de las administraciones, el cerco ha ido estrangulando de forma inexorable a las pequeñas empresas. Esto ha derivado en dos horribles situaciones: la quiebra de las pequeñas empresas y cooperativas y la asunción de una pléyade de negocios por parte de grandes empresas y corporaciones que han sido las únicas capaces de hacer frente y soportar esta larga sequía presupuestaria.

El drama de hoy lo constituyen ese marasmo de autónomos y pequeñas empresas lanzados al vacío por la estulticia y la voracidad de la lamentable clase política que gobierna la nave pública. La no noticia es la situación de desolación que viven las concesiones de numerosas Escuelas de Educación Infantil de la Comunidad y del Ayuntamiento de Madrid.

Hoy una de esas Escuelas tiene nombre y apellidos: Cooperativa El Globo Rojo, también conocida como Escuela Infantil La Caracola. Situada en la confluencia de las calles Belorado y Llano Castellano, lo que otrora fuese uno de los barrios casi marginales de Madrid, en las puertas de Fuencarral, y dominado por una población gitana que tenía en aquella Escuela una de las escasas vías de atención y escolarización temprana.

Los giros inesperados de la economía, el boyante futuro español que sirvió de efecto llamada a la población inmigrante y sobre todo el deseo de reconfigurar el barrio dentro de una concepción urbana más “moderna” derivó en un cambio notable no sólo de la cara de este espacio, sino sobre todo se dejó notar en la tipología de alumnos que accedían a este servicio esencial de educación.

Fiesta de "suelta de globos" como metáfora de la libertad. Hace varios años esta iniciativa se realizó portando cada globo un cartel con un mensaje. Uno de esos globos alcanzó Italia.

La población gitana desapareció a la misma velocidad que lo hacían sus infraviviendas, muchas de ellas demolidas por las excavadoras contratadas por el consistorio. En los solares, antaño desolados, se elevaron nuevos edificios de pisos con garajes y fachadas más optimistas que el triste lamento de ladrillo y cemento encalado de viviendas que carecían de los más mínimos servicios esenciales.

La Escuela sorteó los tiempos de inicio de la crisis luchando por mantener el estándar de su programa docente. Su bandera era el concepto educativo elaborado sobre los cimientos de un trabajo duro en equipo. Aquellos tiempos del inicio de la crisis coincidieron con la generalización del concepto asistencial de la Educación Infantil. Los poderes públicos fomentaron la creencia de que estos centros tenían una labor meramente dedicada al cuidado de aquellas criaturas a las que sus padres, por motivos laborales, no podían dedicar el tiempo necesario. El equipo docente de La Caracola luchó, y sigue luchando, denodadamente contra este concepto equívoco de la educación.

Hoy, a cuatro años vista del inicio de la crisis que no era crisis, tras tiempos de dudas e incertidumbres sobre la renovación del concurso, esta Escuela, como otras muchas de gestión diferida, dependientes del Ayuntamiento de Madrid, se debate ante un horizonte desolador. El Ayuntamiento de Madrid lleva más de cinco meses de retraso en el pago de las facturas. Los trabajadores se encuentran en una situación límite, obligados a hacer frente a diferentes pagos corrientes y soportando el reintegro de la nómima del equipo docente y del equipo auxiliar.

La desesperación es palpable. Nadie puede negar que la tesitura de poder quedar un mes sin cobrar genera unos niveles de estrés que, cuando se generalizan en el tiempo, son difíciles de soportar. Este mes de Mayo, tras la pérdida de la disposición de los créditos ICO, el Ayuntamiento se compromete a pagar la factura de diciembre. Los fondos de contingencia de la empresa se resienten y se estiran, milagrosamente, para alcanzar todos los pagos, incluidos los de las nóminas.

Los chavales y chavalas, mientras tanto, siempre víctimas inocentes de las estupideces de los más mayores, siguen su día a día de forma inocente. Detrás de muchas de esas diminutas caras puede esconderse un drama más de esta incomprensible crisis. Ellos son inconscientes de que la voracidad indomable de los políticos, pero también la avaricia y la codicia imparable de miles de especuladores, está poniendo en riesgo su futuro.

Independientemente de que una gran empresa pueda o no pueda desarrollar un modelo de Escuela Infantil como el que ha desarrolado durante décadas El Globo Rojo, lo que no deja lugar a la duda es que esa gran empresa jamás se moverá en los márgenes de profesionalidad de quien ha mamado y ha dado de mamar la educación desde una perspectiva vocacional.

El miedo reside en que El Corte Inglés o Repsol, con sus multiples filiales –otra forma de llamar a las empresas que componen estos grupos empresariales- se hagan con el control de las Escuelas. El miedo reside en la mercantilización pura del espacio educativo infantil y sobre todo en su conversión en una máquina económica más; visto de otro modo, en una forma más de hacer dinero sacándolo del mismo lugar: del erario público.

La crisis que no era crisis ha derivado en un golpe de timón de muchos grandes grupos empresariales que han visto en la diversificación global de su cartera de negocio una oportunidad de supervivencia. Lamentablemente las reglas de juego no son iguales para todos. Esto es lo que el nuevo orden neoliberal llama economía de mercado y libre competencia; dos estúpidos apellidos para definir la destrucción del modelo actual.

La crisis que no era crisis no tiene ojos ni corazón para entender nada sobre el espacio afectivo, sobre la educación en valores, sobre el modelo público y de calidad en la enseñanza. Esta crisis que no era crisis ha permitido construir un nuevo mundo a la clase social más privilegiada. Los que menos tienen, tienen cada vez menos recursos y los que más tienen disponen cada vez de más armas y mecanismos para acrecentar la brecha social que separa las dos clases que parecen dibujarse en el panorama más próximo: la clase alta y la clase baja; los ricos y los pobres.

Los niños, siempre inocentes y siempre pagadores de los errores y estupideces de los mayores, viven ajenos a esta obra demoníaca en la que se encuentra inmerso el mundo. Algunos se sorprenderán de que sus padres nunca tengan hambre (o no la demuestren). Su infantil egoísmo satisfará el ansia de una dieta equilibrada, aunque en casa no haya para que coman todos; los adultos pueden esperar. Lamentablemente siempre llega el día en que a esos niños se les rompe la ilusión del mundo huxeliano, perfecto, feliz; entonces la mente infantil, incapaz de entender muchas cosas, creará espacios de explicación al hambre, al miedo, a la tristeza, que asombrarían al más docto psicólogo.

La educación pública es posible. Esta educación no debería estar reñida con la educación de calidad, pero por encima de todo, esta educación no debería estar reñida con el sentido común, y este dicta que cuando se compra algo, se debe pagar. El sentido común dicta que no se debe gastar por encima de lo que se tiene, o mejor aún, que no se debe gastar lo que no se tiene. Pero nos han maleducado en ese mentiroso estado de bienestar en el que todo era posible, y si no lo era, lo hacía posible el banco –a cambio de draconianas condiciones e intereses-.

Quizás con estos globos hayan volado las ilusiones de decenas de padres y niños. Quizás también los sueldos de los empleados de la Escuela Infantil madrileña

Hoy el mundo no es huxeliano. Hoy el mundo no es un espacio de sentido común. Hoy el mundo no es un lugar en el que la sanidad, la educación, la libertad de expresión o la dignidad humana no estén amenazadas. Hoy el mundo no es el espacio más plácido para planear un futuro. Pero nadie tiene derecho a robar el futuro a los niños…porque el mundo que estamos destrozando hoy nosotros (bueno, yo no, usted tampoco seguro, pero sí los miopes y pérfidos políticos), ese mundo será mañana de los niños de hoy. De lo que les dejemos y de lo que les enseñemos a hacer con el mundo, depende el mañana.

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