Something good - concesión romántica

En tiempos de zozobra es fácil dejarse caer en el desánimo y el pesimismo; son tiempos abonados para que cunda el fracaso y la creencia, errónea, de que nada tiene solución. Pero como dice el refranero, todo tiene solución, menos la muerte (o hasta la muerte misma).

Este año, el día de los comercios por excelencia, dedicado a San Valentín, ha pasado sin pena ni gloria. En general es fácil pensar que no estamos en plétoras, ni en excesos de amor, pero poco se repara en la necesidad de romper el maleficio del pensamiento negativo. Estamos en lucha entre el positivismo precedente, el fatalismo actual y el nihilismo hacia el que las sociedades más evolucionadas se lanzan, sobre todo en el Primer Mundo y en ese remedo estúpido de occidente (sea esto lo que sea) en el que se han convertido algunos Estados del Tercer Mundo. Esta lucha no tiene favorito a la vista, pero si algo puede calificarla es, precisamente, el extremismo de su carácter. Perdemos el color a la misma velocidad que desaparecieron los carretes de fotos de los estantes de los comercios en pos de la era digital. Ahora todo está diseñado en una tétrica escala de grises contrastados.

Pero hay milagros. No son católicos, no son divinos, pero -como las meigas- "habeilos, hailos". Son pequeñas explosiones de ilusión o felicidad. Un beso tierno de una pequeña personita a su abuelo; una apasionada noche de desenfreno amoroso de una pareja que se ha buscado un tiempo y no encontraba el modo de hallarse; un aleteo tenue de cigüeña; un restallar de trueno, lejano, que amenaza lluvia, que impregna con el viento de su olor húmedo los rincones de nuestra infancia; un fulgor mágico de orto que envuelve un jirón de nube o u penacho de humo que corona una altiva chimenea; un sueño constante con unos labios que se han besado y aún se besan a pesar de las distancias, de los silencios, de las despedidas tibias.

Hay milagros que suceden cada día, cada minuto, en cada instante que perdemos en pensar que nada tiene solución, que todo está perdido incluso antes de empezar a luchar por ello, por recuperarlo, por afianzarlo...por no dejar de sentirlo. Asistir al milagro es como robar la fugaz mirada a través del ojo de una cerradura.

Hay milagros en forma de pubis; hay milagros con forma de nube; hay milagros que saben a beso y huelen a sexo húmedo, cálido, escondido durante años, hurtado al deleite de una mano amiga, preso de la imaginación con forma de sueño, desfigurado, casi sin matices, preso del onanismo más traicionero y melancólico. Hasta en la bendición de una fuente de la que llueven pájaros verticales hay esencia de milagro, o en la mirada cándida de un niño, o en su sueño plácido; o en unos labios que buscan la manera de decir lo que están sintiendo.

La esperanza no es falso optimismo. Las cosas van mal, pero no es la primera vez -ni será la última- que van mal. Ha habido tiempos sustancialmente peores. Cuando la última gran guerra asoló Europa, muchos fantasearon con la idea del fin del mundo...pero también la humanidad salió de esa orgía de destrucción y sangre; también, como salió de tantas otras.

Hoy duele a los poderosos su pérdida de poder. El rico -el que lo era por su casa- se convierte en el huraño rácano que acaricia su saco de monedas contento de ver que no decrece. El pobre, en nada nota su desdicha; no es más pobre, sencillamente, sigue siendo pobre, y aún lo será más tiempo.

Las crisis tocan los techos altos y con más firmeza los medios; en los suelos bajos nada hay que perder pues nada hubo. Quien nada tuvo nada puede perder. Su vida es el último y preciado tesoro que sacrificar en el ara de este sueño de libertad y prosperidad en que hemos vivido de forma desaforada e ilusoria; la calle sigue siendo su refugio -que conoce bien- y el viento su abrigo gélido con ansias de sarcófago, con pretensión heladora de mortaja. A nadie le importa. Hoy son photo(no)new...y solo mañana, si amanecen quietitos, como los gorriones caídos del nido, serán noticia: breve, concisa, a penas trascente y siempre intempestiva.

Pero hay ilusión; hay esperanza. Hasta en el gesto más tímido de unos ojos que se miran, hasta en esas manos traviesas que recorren un cuerpo, hasta en esos pies con lindas uñas coloreadas de rojo, escenificación de la dignidad de sentirse bella hasta en lo más privado (o incluso a costa de lo más privado), hasta ahí hay un brote de esperanza y alegría. La crisis nada puede con el rompeolas del amor; la pasión es su malecón y las ganas de descubrirse el uno al otro su tajamar. La vida apasionada, llena de sentido y sentimiento, es una suerte de puente de piedra, robusto, que pone a prueba la ferocidad de las más temibles tempestades. Aedificio romanorum, obra eterna, sensual retoque de belleza; mezcla del porte clásico y cabellos azabache lacios, morunos y brillantes, tan llenos de vida y sentido.

Si unos dedos recorren tímidos tu espalda, aún hay espacio para una noche más de pasión...y donde hay pasión no queda hueco para la crisis, el miedo, la melancolía, el tedio...la tristeza. No hay que tener prisa por nombrarlo; habrá que dejar que el sentimiento se denomine a sí mismo y se reconozca en los pliegues suaves de tu vientre. Donde hay espacio para la vida, siempre hay esperanza.


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